El siguiente es el primer segmento de mi segundo libro, El Alma Sin Cuerpo (…y viceversa). Conocemos un poco al protagonista principal y somos testigos del hecho alrededor del cual orbitará el resto de la historia. Disfruten de este texto. Y si les gusta lo que leen, recuerden que pueden conseguir el libro online.

M.J. Baldo (Autor)

 

EL ALMA SIN CUERPO

(…y viceversa)

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A lo largo de la historia de la humanidad han surgido personajes cuyas ambiciones y poder de voluntad les llevaron a destacarse entre sus pares, a marcar las páginas de la Historia, a dejar su huella en los senderos del progreso, la educación, los deportes, las artes y las ciencias diversas. Personajes cuyos nombres se vuelven tarjeta de presentación de los logros obtenidos, inmortalizándolos para el recuerdo, estudio y hasta admiración de incontables generaciones futuras.

Enrique Laus era exactamente lo opuesto a todo lo dicho anteriormente.

Él nunca se destacó en nada, salvo quizá en no destacarse en nada. Tuvo una infancia tan normal como pudiese desear. Sobrevivió a los estudios primarios y secundarios con un promedio que rondaba el promedio. Consiguió arañar un título terciario en Matemática, materia que odiaba a muerte pero que “era la puerta a un futuro asegurado”, como solía decir su padre. Lamentablemente, todo cuanto pudo meterse en esa cabeza de eterno despistado se perdió en un Limbo personal en apenas tres semanas de vacaciones. Conseguía captar el interés de algunas muchachas (no era mal parecido), pero jamás supo mantener una relación. Alcanzó a obtener un aburrido empleo en una empresa de telemárketing que se reducía a escribir datos en planillas de cálculo. Si alguna vez tuvo sueños, hacía rato que se habían sepultado en lo más recóndito de su ser.

La vida fue moldeando su existencia en la de un individuo solitario, propietario de un departamentito que tenía lo justo y necesario para poder considerarse un hogar. La mayoría de sus amistades habían tomado sus propios caminos hacía ya tiempo; los únicos que él consideraba amigos eran algunos compañeros de trabajo. A veces, mientras la serie de chasquidos de las teclas al ingresar datos en la computadora se unía al concierto homogéneo de los cubículos adyacentes, algo en su interior parecía darle una patada a su cerebro al grito de “¿¿Qué estamos haciendo acá?? ¡Vámonos!”. Enrique se tomaba entonces cinco minutos para cerrar los ojos, pellizcarse el puente de la nariz e intentar no pensar en la dirección que llevaba su vida.

El regreso a lo que por motivos de fuerza mayor habrá que llamar “hogar” era un ritual diario que ya no le inspiraba nada. En sus primeros días en Mar del Plata al menos esos viajes a lo largo de la costa eran un lindo espectáculo. Pero el escenario pronto se volvía repetido y cada vez apelaba menos a los sentimientos que alguna vez tuviese por La Feliz. Sacar las llaves, abrir la puerta, llamar al ascensor, subir al quinto piso, caminar a la puerta B, abrir, entrar, cerrar. Hogar, dulce hogar. Y luego, tumbarse en el pequeño sillón individual y no pensar en nada durante los siguientes veinte o treinta minutos.

A veces recordaba sus hábitos alimenticios tras empezar su vida en la ciudad. Solía preparar sus propias comidas. El paso de los días y las realidades de su sueldo le forzaron a ajustar un poco las cuentas, observando que muchas veces las comidas por delivery eran más baratas y demandaban menos de su tiempo y esfuerzo. Poco a poco su hogar empezó a albergar envoltorios de todas las marcas conocidas y cajas de cuanta pizzería estuviese a un telefonazo de distancia. Enrique era meticuloso con la limpieza de su humilde residencia, pero aquel fue otro factor que pasó a morir con el paso de los meses. Los envoltorios y cajas de pizza se iban acumulando, los platos, vasos y cubiertos se amontonaban en la pileta de la reducida cocina y su vida, día a día, se iba reduciendo a una existencia que necesitaba un comprobante firmado para considerarlo saludable.

Fue en ese momento que ocurrió lo inesperado.

Había sido una semana más de silente agonía laboral. Viernes; pero no los viernes que despertaban su entusiasmo por una noche de salida con amigos y bailes en la generosa noche de La Feliz. Ahora eran simples viernes que daban inicio a un fin de semana de relativo descanso y nada más. En la oscuridad del departamento sólo se teñían de luz aquellas superficies alcanzadas por la lumbre de una televisión encendida. Frente al aparato, una ruina de hombre sentado en el pequeño sillón, mirando con desgano las imágenes que aparecían en pantalla: uno de esos programas de preguntas y respuestas que ya no le interesaban, pero que miraba de todas formas.

Tenía una sensación de malestar muy grande. Tenía leves deseos de echarse a llorar. Su mente flotaba en dirección a su dormitorio, enfocándose en el último cajón del armario. Cada vez que pensaba en él se sentía mareado. Aquello fue el colmo. Esa noche, todo iba a cambiar. Sintió algo dentro de sí mismo. Fue un extraño malestar, un cosquilleo en las entrañas… y una voz en su mente que pedía, alta y clara, “Levantate”. Enrique obedeció y se puso de pie. Inmediatamente su vista y su mente se enfocaron como nunca antes había ocurrido. Miró al televisor y alcanzó a escuchar la pregunta del presentador del programa.

¿Quién es el autor de “Las Uvas de la Ira” y en qué año se publicó el libro?

Enrique mantuvo la mirada en la pantalla y en cuestión de un instante un pensamiento se hizo presente en su cabeza: “Las Uvas de la Ira fue escrita por John Steinbeck y se publicó por primera vez en 1939”. No se sintió sorprendido por haber recordado aquello, aunque debería, ya que había leído el dato de pasada durante una aburridísima clase de literatura en el secundario, muchos años atrás. ¿Cómo podía recordar algo así tan perfectamente? Si tan sólo—

Ejem…

Enrique dio media vuelta ante aquel carraspeo y descubrió al responsable del sonido sentado en su sillón. Era él.

Se miraba a sí mismo desde lo alto, de pie, a su vez que él se miraba a sí mismo desde el sillón. Nuevamente notó la extraña falta de reacción de su parte. Seguramente la gran mayoría de las personas darían al menos un pequeño respingo al verse a sí mismas fuera de un espejo, pero Enrique no sintió sorpresa, temor, ni nada. En su opinión se encontraba ante una situación inusual. Era obvio que la persona sentada en su sillón—que le miraba con aire de reproche, dicho sea de paso—no podía ser él mismo. Sin embargo, no recordaba haber escuchado la puerta abrirse y las ventanas se mantenían cerradas. Aquí había un problema que exigía una solución, de modo que no vaciló en preguntar: —¿Quién sos vos?

—Mucho gusto, soy Enrique —clamó la persona en el sillón.

—Lo sé, me reconozco —admitió la persona de pie sin inmutarse—. Ocurre que yo no debería poder verme a mí mismo. ¿A qué se debe esto?

—¡Ah, te explico! Lo que pasa es que yo soy vos… o sea yo… pero no soy vos… o sea… eh… A ver… Mirá, el tema es… Soy tu alma. Eso.

El Enrique que estaba de pie consideró aquello. No se espantó. No sintió miedo. Y no sentir nada le sirvió como dato. Asintió con la cabeza.

—Comprendo. No puedo sentir nada. Sólo puedo pensar, razonar. Pregunta: ¿A qué se debe eso? Respuesta: A la falta de algo que genere sentimientos. ¿Es esa la función del alma?, pregunta.

—¡Tremenda forma de considerarlo! —clamó el que a partir de ahora conoceremos como Alma—. Sí, exacto, viste… Soy tu alma, encargado de las emociones y todo eso. Parece que me cuesta pensar… tengo sentimientos mezclados, ¡jajajaja! ¿Lo entendiste? Sentimientos… mezclados… Aahh, perdón, perdón.

Alma se había llevado ambas manos a la cabeza. Gimoteó un rato y luego reaccionó. Volvió su vista al ser que denominaremos Cuerpo.

—¡Me tenés harto! ¿Qué estamos haciendo de nuestra vida? ¡Mirá todo esto! —reclamó, invitando a Cuerpo a dar cuenta de las grasientas montañas de envoltorios de comida que se perfilaban en una oscuridad manchada de luz televisiva—. O sea, lo pude soportar por un tiempo, pero, ¡viejo!, la misma historia todos los días. ¿Hasta cuándo? Loco, esto no da para más. No estás dispuesto a cambiar, ¡así que yo me mando a mudar!

—¿Te vas? —dijo Cuerpo.

—¡Me voy! ¡Chau! ¡Adiós! ¡Arrivederchi o como se diga! ¡No te aguanto más, siempre impidiéndome actuar a gusto, limitando mi potencial!

—¿Cuándo ocurrió eso?

—Fue en… el… Bueno, fue… eehhhhhnnnnnno me acuerdo… ¡Es que la memoria se quedó con vos en esa cáscara de humano! No puedo pensar, pero siento que estuviste toda nuestra vida metiendo excusas lógicas de por medio para no hacer muchas de las cosas que siempre quisiste hacer.

Cuerpo lo pensó. —Recuerdo varios momentos. Había una muchacha…

—¡Eso, eso! La chica, esa piba… ¿cómo se llamaba? … Estaba buenísima… ¡Cómo se llamaba! Siento que empezaba con M… no, con N… No, con…

—Giselle —Cuerpo recordó.

—¡Esa, sí! Bueno, teníamos toda la onda para hablarle… O sea, ella nos tiraba onda… me parece… Siento que así fue… Y pensamos que podíamos acercarnos… ¿y qué pasó, eh?

Cuerpo hizo memoria y respondió sin inmutarse: —Estábamos en una cafetería y ella atendía las mesas. Nos prestó tanta atención como a los demás clientes.

—¡Eso te pareció a vos! O sea, a mí… O sea… —Alma se llevó ambas manos a la cara para cubrir su gesto de eterna impaciencia.

Cuerpo mantuvo una mirada carente de emociones en su contraparte. ¿Así había sido yo?, se preguntaba. La parte de Enrique que ahora era gobernada sólo por la mente podía ver las cosas desde una perspectiva muy diferente. Por supuesto que él había sido así. Por supuesto que su alma era un manojo de sentimientos encontrados. Y ahora ya no estaban juntos…

—No importa —dijo Alma—, lo que sí importa es que acá se produce el cambio. ¡No más problemas de lógica! ¡Ahora todo sale como yo lo sienta! ¡Fiesta, joda, diversión! ¡Felicidad, caramba! ¡Enrique, te deseo lo mejor y todo eso, pero esto es el adiós!

Cuerpo no se inmutó. El que una parte fundamental de su humanidad haya decidido tomar su propio camino le causó una rápida sucesión de explicaciones lógicas. No podía negar lo que veían sus ojos y definitivamente aquel ser mostraba un enorme rango de emociones que ahora formaban un vacío espiritual en su cuerpo. Él aceptó los hechos como la cosa más natural del mundo.

—Entonces, te vas —dijo.

—Me voy, sí.

—¿A dónde?

—A donde yo sienta que quiero ir —Alma sonrió de manera descarada.

Cuerpo extendió una mano al frente. —Adiós, entonces. Te deseo mucha suerte en tu viaje.

—¿Estás sintiendo de verdad?

—No. Pero recuerdo que es un gesto de buenos modales. Cuidate.

Alma asintió con la cabeza y caminó gallardamente hasta la entrada del departamento. Con un movimiento decidido intentó abrir la puerta, pero su mano y buena parte de su cuerpo etéreo atravesaron la madera. Claro, razonó el Cuerpo, no se trata de una entidad física, pues yo, el Cuerpo, soy quien se encarga de interactuar con todo lo que sea tangible. Qué situación tan interesante desde un punto de vista científico. Alma saltó dentro del departamento e intentó el sencillo ritual de girar el picaporte varias veces más, hasta que al fin se rindió. Miró de soslayo a Cuerpo, que permanecía de pie, inmutable.

¡Chist! ¡Usted se calla! —Alma censuró.

—Yo no dije nada. Pero si no podés interactuar con la puerta, quizá—

—¡La atravieso y listo! —interrumpió Alma, dando muestras de un magnífico sentido de impaciencia —. ¡Adiós!

Y se marchó cruzando el umbral sin molestarse por quitar de en medio la superficie de madera.

Cuerpo mantuvo la mirada en la puerta, pensativo. Miró a su alrededor. La televisión mostraba a un feliz ganador que se iba a casa con más de setenta y cinco mil pesos. Apagó el aparato y volvió a darle una mirada crítica a sus alrededores. Pasado un minuto, Cuerpo caminó hasta una pared y encendió la luz. Ahora todo el espectáculo de lo que él debía llamar “hogar” estaba a la vista. Toda la suciedad, todos los paquetes de comida, todo el polvo, todo el desorden… Pero ahora era diferente.

Antes, al apreciar tal escena, él sentía una fatal mezcla de emociones que le traía deseos de desasosiego seguidos de replanteamientos sobre su vida. Ahora, sin un alma que intervenga con emociones diversas, todo lo que quedaba era un cuerpo que podía enfocar todo el poder de la mente en analizar las cosas de la manera más clara posible.

—Limpieza… Orden… —se dijo a sí mismo—. Será un buen comienzo.

Cuerpo caminó al pequeño escobero que se ocultaba detrás de la puerta de la cocina y observó las herramientas del aseo. Tomó una escoba y regresó a la sala-comedor. Dio un último vistazo a su alrededor y escogió el punto más lógico para iniciar la limpieza. Luego, sólo limpió.

No se quejó en ningún momento. No tenía sentimientos para eso.

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Fin del fragmento

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